Ayer tuve la amarga experiencia de someterme al patético procedimiento de renovación de licencia, instaurado por 128 ilustres y brillantes mentes hondureñas, reunidas en el Congreso Nacional bajo lo que se conoce como el Poder Legislativo. Aplicado por la Dirección Nacional de Tránsito, DNT, dependencia de la Secretaría de Seguridad, del llamado Poder Ejecutivo.
Acá en Honduras muchas veces sabemos decir que “las cosas se parecen a su dueño”, permítanme parafrasearlo para opinar que “los empleados se parecen a su empleador, su patrón”.
El noble pueblo hondureño tiene la desdicha de contar con gobiernos formados por dos partidos políticos tradicionales, el Liberal (los rojos), el Nacional (los azules, conservadores), estos están llenos de patanes, oportunistas, aprovechados, etc.
Los gobiernos formados por ésta gente mediocre nos tienen sumidos en la más grande de las pobrezas, somos el tercer país más pobre de Latino América, después de Nicaragua y Haití, el de los más corruptos, más violento, más analfabeto, con más sida, de entre los más endeudados, con alto grado de impunidad, sangriento, llenos de epidemias, etc.